Mi primera experiencia con una radio a cristales fue cuando era niño a finales de los años 30, cuando mi padre desempolvó su viejo equipo para mostrárnoslo a mi hermano y a mí. El resultado fue inolvidable, voces y música saliendo de una pequeña caja de madera, a través de lo que yo pensaba en aquel tiempo que eran un par de auriculares pesados. Fue especialmente fascinante ya que no teníamos ni equipos de radio sin hilos ni gramófonos (reproductores de CD). Recuerdo en particular el escuchar varios programas que se desvanecían y volvían a recuperar su señal bastante lentamente y algunas veces escuchábamos dos o más programas al mismo tiempo.